Joana D’Alessio: “Mis personajes son como un Frankenstein de personas que conozco”

Joana D’Alessio nació en 1977 en San Pablo, Brasil, y estudió en Buenos Aires. En el año 2005 fundó su productora con la que realizó tanto series de televisión como largometrajes ganadores de premios internacionales. A partir del año 2018 comienza a incursionar en el mundo editorial y crea Ralenti, dedicada a la literatura infantil y juvenil. Ahora estrena el nuevo cargo de creadora y editora de Vinilo, un nuevo proyecto que lleva adelante junto a Mauro Libertella, que se caracteriza por editar textos breves y de formato pequeño. La colección Sencillos, con la que nace la editorial, está dedicada a la “no ficción creativa” y agrupa títulos de Roberto Merino, Dolores Gil, Paula Mariasch, Matías Serra Bradford, Hernán Lucas, Esteban Serrano y Maia Debowicz.  Además, este año presentó su primera novela “Alguien a quien contarle todo”, editada por La Crujía. Es una conmovedora novela de ocho cuentos entrelazados que interpelan acerca del amor. Son historias contadas como una confesión, como un secreto susurrado en voz baja, creando intimidad, empatía y cercanía con el lector.

“Alguien a quien contarle todo” es una novela compuesta por relatos que en un principio nacieron independientes, como cuentos. ¿Cómo fue el proceso de escribir uniendo las partes y hacer nacer esta novela?

Los cuentos nacieron independientes y para nada en el orden en el que están en el libro. Comencé a ir a un taller de escritura de Virginia Cosin hace unos cuatro o cinco años y, en ese contexto, empecé a leer y a escribir. Primero algunas crónicas y después pasé a buscar un registro de ficción. Escribí un primer cuento que es el segundo del libro Es como que venga un pez y te muerda la nariz. Ese cuento es bastante parecido a como quedó originalmente y ganó el concurso Mujica Laínez. Creo que lo que me pasó es que para escribir ficción yo fui construyendo una serie de personajes y un pequeño universo. No me resultaba tan fácil porque no estaba acostumbrada, entonces de alguna manera lo repetí. Cuando escribí el segundo cuento, Ezeiza, volví a tomar los personajes que ya tenía. Había una narradora que llevaba la historia y le fui armando una constelación: padres, hermanos, amigas, etc. Esos personajes creería que son como un Frankenstein de personas que conozco. No fue un proceso consciente, pero veo ahora que fui robando cosas que observo: gestualidades, maneras de decir las cosas, rasgos físicos, ideas del mundo. Cosas que veo de gente que tengo alrededor y que me parecen interesantes, divertidas o características. Lo hice así, no sé qué otra manera hay de hacerlo. Lo que quiero decir es que como no fue tan fácil para mí crear ese universo, empecé a repetir la constelación de personajes para armar un dispositivo que me permitía escribir ficción. Más adelante, en algún momento, me di cuenta de que tenía tres o cuatro cuentos y que estaba repitiendo los personajes. Ahí fue cuando apareció la idea de un libro de cuentos que estén vinculados, pero no tenía todavía la idea de la novela. Y además todo este proceso se fue dando de forma no buscada, fue como apareciendo atrás de lo que yo iba escribiendo. Hay algunos libros que más tarde fueron referencias de esta idea de cuentos relacionados, como por ejemplo “Felices los felices” de Yasmina Reza. Yo vengo del cine, me parecía algo cinematográfico esto de que las historias se vayan vinculando y uno pueda ver que aparece un personaje que estaba en otro momento, como algo que entra y sale a cuadro, también la repetición de ciertos elementos. Pero te digo algo más: recién después de ver tener unos ocho cuentos y pensar que podía cerrar un posible libro de relatos vinculados, cuando tuve una primera versión de aquel libro, me encontré en un dilema. Los cuentos estaban bastante vinculados, pero así como estaban me pedían más: me pedían más trabajo, como si faltara un golpe de horno para que estuvieran bien amalgamados, para que la voz funcionara a lo largo del relato. Y además estaba cerca de una novela entonces por qué no intentarlo. Ese fue el proceso más complejo: reescribir algunos cuentos, cambiarlos de orden, descartar otros. Tuve personas que me leyeron y me acompañaron, mi editor Matías Bauso, Vir Cosin, Flor Monfort, Natalia Moret, Julieta Bliffeld. Por ejemplo, recuerdo que había un cuento que estaba en segunda persona y no funcionaba, otro en tercera que después se me ocurrió ponerlo al final para que ese quiebre de primera a tercera hiciera sentido y reescribirlo como un epílogo. Eso fue un trabajo artesanal de ajustar cada cosa y ver dónde ponerla que fue muy distinto al primer proceso donde todo salía más naturalmente. Es como el enamoramiento y el amor, al principio todo fluye y después empiezan los problemas, pero si uno persiste tal vez, tal vez… vale la pena.

 

La ruptura de un matrimonio, un grave diagnóstico médico, el sexo, vacaciones familiares con sus pro y contras son algunos de los temas que atraviesan a los protagonistas. Algunos tramos son conmovedores y profundamente contundentes en la descripción de esas vivencias por las que alguna vez pasamos o pasaremos todos. ¿Cómo es escribir sobre el amor, la muerte y la enfermedad?

Para escribir sobre la muerte, en el caso del cuento de la madre, yo hice una pequeña investigación: empecé a leer libros sobre duelos, porque en la primera versión de ese cuento, la madre ya había muerto hacía un tiempo, entonces la narradora estaba atravesando un duelo. Después el relato cambió mucho y traje a escena el momento de la muerte. Para trabajar sobre eso leí los libros de Didion, por ejemplo “Noches azules” y “El año del pensamiento mágico”. También leí “Nada se opone a la noche” de Delphine de Vigan, creería que es un libro de pérdidas donde pasan muchas cosas tremendas. Hay un libro divino, muy pequeño, “El nadador en el mar secreto” de William Kotzwinkle que habla también sobre la pérdida, es quizás el libro más triste del mundo. Lo que sucedió en el proceso de escritura fue que el personaje de la madre estaba en un cuento y en otro relato me convenía que el padre estuviera triste y melancólico entonces lo hice viudo. Así que bueno, cuando armé el libro tuve que matar a la madre. Eso fue realmente lo que pasó en el proceso y como fue un tema que se me impuso, que yo no busqué ni sobre el que tenía experiencia me pareció bien investigar. En cuanto a tu pregunta por la enfermedad aparece el tema del cáncer de mama, yo tenía una amiga que había pasado por eso y un día le dije necesito hablar con vos y que me cuentes más detalles. Fuimos a un bar y después a caminar y yo iba anotando como loca en el teléfono cosas que ella me decía porque había un vocabulario que me fascinaba y que quería registrar. También sensaciones, olores, le pedía detalles y tomaba notas. Lamentablemente, después conocí más gente que pasó por situaciones así y fui tomando algunas cosas que escuchaba de esa realidad. Eso fue un poco tortuoso.  Ahora no podría hacerlo. Sobre el amor no tuve que salir a preguntar nada. Son los temas importantes, sobre los que uno piensa un montón.

 

Ralenti es tu primer proyecto editorial propio. ¿Cómo es la experiencia de trabajar en literatura infantil y juvenil?

Yo venía del mundo audiovisual y empecé a escribir hace unos años, a estar en contacto con la literatura y con los libros. Quise buscarle una vuelta a eso, buscar algún espacio profesional en relación con los libros. En ese momento no se me ocurría que eso que buscaba podía ser escribir. Una editorial infantil me parecía que podía ser algo con potencial comercial y también me gustaba el sentido de traer libros infantiles al mundo; yo estaba muy volcada hacia la crianza (mis hijas eran pequeñas) y la reflexión sobre la crianza. Investigué un poco con libreros y distribuidoras, efectivamente me confirmaron que el target infantil era bueno. Aprender a leer es muy importante en la vida de un niño, el libro físico está en casas, escuelas, en todos lados. Además, siempre hay niños nuevos, el público se renueva. Con Violeta, mi socia, que era entonces mi amiga, empezamos a conversar sobre el tema. Ella al principio no estaba segura de animarse a emprender algo, tenía un hijo chiquito y quería tener otro. Me acuerdo que estábamos en su auto, estacionadas, yo me tenía que ir, pero habíamos empezado una de esas conversaciones importantes donde nos sabés si apagar el auto o no, ella me dijo que quería tener otro hijo y yo le dije que no me importaba, que nos íbamos a arreglar. No sabía que después del bebé vendría una pandemia y que luego ella se iba a mudar a otro país. En ese caos y contexto hicimos como veinticinco libros. Nos llevamos muy bien, tenemos un vínculo único, nos complementamos, nos divertimos, nos acompañamos. La editorial se instaló rápidamente y hay libros que ya van por la tercera reimpresión. Estamos muy contentas con Ralenti.

 

Vinilo es tu nuevo sello editorial que dirigís con el escritor Mauro Libertella. ¿Cómo nace la idea de este nuevo proyecto?

Siempre me gustó leer pero en los últimos años que me fui volcando a la no ficción. Sacando mi autora preferida que es Loorrie Moore de quien leí todos sus libros de cuentos creo que casi me dediqué a leer no ficción. Y bastante poesía, que ahora que lo pienso podría decirte que a veces me parece un subgénero de la no ficción. La poesía está (no siempre, pero muchas veces, la mayoría) sostenida en un yo que observa, que reflexiona, que siente. Todo esto, como todos los proceso importantes, sucede sin mi consciencia, un día me doy cuenta de que me había fanatizado con la no ficción. Estaba fascinada con autores tipo Carrère, Knausgård, Didion. Los diarios de Katherine Mansfield. Y en paralelo a ese interés un día por algo que no viene a cuento tuve una imagen de un libro pequeño. A mí me gustan las miniaturas, las colecciono, siempre tuve una fascinación fetichista por lo pequeño. Con esta imagen del libro pequeño empiezo a imaginar Vinilo cuya característica más importante creo que es: un libro para leer de un tirón, de una sentada. Es decir esto lo sé ahora, porque es lo que noto que vuelvo de los lectores y de la industria. De hecho, mi editor Mauro Libertella, tiene un libro que se llama «Mi libro enterrado» que es sobre la muerte de su padre (también lo leí en mi época de leer libros terribles), que es un libro que cumple con estas características. Es un libro corto, de no ficción y, además, terrible. Empecé a armar el concepto, el nombre, la marca. Un escritor de Releti, Nicolás Schuff me dijo: vos tenés que hablar con Mauro. Y me contactó. Tomamos un café y fue entendimiento automático. A él le gusto el proyecto, leyó para donde yo quería ir y, a su vez, me ayudó a terminar de pensar un catálogo, yo estaba más volcada a lo autobiográfico y él trajo autores y propuestas más de ensayo, lo cual me parece buenísimo porque le da al catálogo más vida y variedad.

Sencillos es la colección con la que nace Vinilo. Agrupa títulos de Roberto Merino, Dolores Gil, Paula Mariasch, Matías Serra Bradford, Maia Debowicz, Hernán Lucas y Esteban Serrano. Son un elogio al poder de la síntesis, tanto en el formato, ya que son libros pequeños y fáciles de llevar, como por la extensión. ¿Por qué decidiste elegir a estos autores y que el sello tenga estas características?

Como editora a mí me parecía que lo más importante que yo podía hacer era publicar autores nuevos, detectar voces interesantes y darles la oportunidad de publicar su primer libro, y también acompañar ese proceso, que muchas veces requiere más trabajo, eso creo que es mi rol fundamental, el que yo me otorgo a mí misma por lo menos. Por otro lado, me parecía interesante que el catálogo reflejara una pluralidad y una variedad de voces. Entonces también buscamos autores con experiencia, en eso Mauro fue clave porque él conoce y lo conocen y respetan. El mes que viene va a salir un libro de Juan Villoro que es mexicano, tenemos el libro de Merino que es chileno, está bueno también cruzar un poco las fronteras. Con Mauro fuimos tratando de armar un abanico, cada libro y cada autor refleja una visión del mundo y me parece que es interesante que sean lo más diversas posibles.

 

Vinilo está dedicado exclusivamente a la “no ficción creativa”. ¿Cómo y por qué llegás a esta definición de género?

Esa definición creo que se la escuché a Matías Bauso por primera vez y me gustó mucho. La tomé porque me parecía que definía muy bien lo que yo quería armar desde Vinilo, que no tiene que ver con algo no periodístico, sino que tiene que ver con separarse de eso y acercarse a una propuesta literaria. La definición de no ficción creativa es que se trata de no ficción pero que toma prestadas de la ficción todas las herramientas. Diálogos, descripciones, creación de climas, lenguaje poético, mirada autoral. También alguna vez leí que como “no ficción” está definido por la negativa, la idea de agregar “creativa” contrarresta el término y afirma. Por ejemplo, en el caso del libro de Dolores Gil, leí algunos comentarios de gente que lo define como una novela y esto creo que pasa porque es un relato que se va articulando con determinada poética, ritmo, fuerza y estructura y así genera una sensación de relato construido que te va llevando, que se parece a lo que produce una novela. Eso a mí me parce algo lindo, que produzca ese efecto.

 

Sabemos que sos docente y que, además, participas de talleres literarios como alumna. ¿Qué opinas de la enseñanza de la escritura? ¿Se puede aprender a escribir?

Yo me formé yendo a talleres y llegué un poco tardíamente a la escritura. Primero uno se forma leyendo. Para escribir lo más importante es leer. Eso te va armando una música, una voz, te va dando ideas. Fabián Casas decía: “cópiense, pero de los buenos”. Es evidente que uno lee y el cerebro guarda y se apropia. La primer gran escuela es la lectura. Dentro de la no ficción hay un sub género que son los libros sobre escribir que a mí me encantan. Siempre que encuentro alguno lo compro y lo leo. Hay uno brillante de Stephen King que se llama “Mientras escribo” que tiene una parte autobiográfica y otra más de consejos de escritura. Hace poco leí el de Murakami donde él hace una reflexión sobre cómo se convierte en escritor y qué significa escribir para él, ahí dice que para escribir tenés que ser una persona con ganas de encerrarte en un cuarto y estar solo muchas horas tipeando. No es nada tan complicado ni hay que ser especialmente inteligente, sino que hay algo de la voluntad dando vueltas. Yo diría, en realidad, que hay algo de voluntad y deseo. Hablando de tips que es una palabra bastardeada, pero vamos a usarla, hay un libro que yo recomiendo mucho que es “Las clases de Hebe Uhart” de Liliana Villanueva. Para mí ese libro es una pequeña religión sobre la escritura, compila ideas muy concretas sobre la escritura que además me resultan muy afines. Así que la respuesta es sí, no tengo dudas de que se puede aprender a escribir. Lo que pasa que hay que ver para qué. Realmente no sé por qué todos queremos escribir, ni siquiera sé por qué yo mismo lo hago, todavía no tengo idea. Es decir, después de publicar mi novela estoy más confundida todavía. Volvería al gesto de Murakami con algunos agregados, estar acá en silencio dándole a mis pensamientos una forma menos caótica y tortuosa me resulta agradable, me produce bienestar. Estos días no dejo de pensar en una imagen de cuando era chica, me gustaba estudiar porque encontraba un placer físico en subrayar libros, hacer fichas, sostener un lápiz, el roce del lápiz sobre el papel. Hay algo inexplicable y misterioso en por qué hacemos lo que hacemos.