Mauro Libertella: “Cuando escribo en primera persona siento una voz mucho más honesta”

Mauro Libertella es escritor, periodista, crítico literario y autor de varios libros que fueron publicados en Latinoamérica y Europa. Mi libro enterrado, El invierno con mi generación, Un reino demasiado breve y Un futuro anterior son historias que hablan de intimidad con un estilo sencillo pero atrapante y conmovedor. Además, es el flamante editor del sello Vinilo que se dedica a textos de no ficción.

 

Mi libro enterrado es un debut desgarrador en el que narrás los últimos días de tu padre explorando los matices de esa relación. ¿Cómo fue el proceso de escritura de ese libro?

El proceso de escritura de Mi libro enterado llevó algunas etapas previas, fue como un ensayo para tratar de encontrar la estructura del libro. Una vez que hallé la forma, salió con cierta naturalidad. Yo sabía que quería escribir algo sobre mi viejo, pero no sabía qué forma darle a todo eso que tenía en la cabeza. Primero pensé en hacer una novela tradicional, pero yo todavía no había escrito nunca un libro entonces no sabía cómo hacerlo. En es momento estudiaba letras en la UBA y cuando pensaba en “novela” se me ocurría una de Saer, ese era el modelo para mí en ese momento. Y una novela de Saer era un libro de cuatrocientas páginas, abigarrada, medio barroca, con mucho texto. Era un modelo muy prestigioso y que me intimidaba. Yo sentía que no podía escribir algo así. Nunca había escrito un libro, como me iba a sentar a escribir uno de cuatrocientas páginas de esa índole. Entonces estuve mucho tiempo vueltas con esas dudas. Luego pensé en escribir un libro sobre la muerte del padre como género, aprovechando todos los libros que había leído sobre el tema, y hacer un ensayo sobre el duelo. Me di cuenta de que eso tampoco era exactamente lo que quería hacer. Yo quería algo un poco más narrativo y trabajar sobre mi experiencia, hasta que finalmente encontré esta forma que son capítulos breves, que podía empezar a escribir y terminar en el mismo día, capítulos chiquitos. Algo más híbrido, más en la línea de la apostilla y que, ahí también, podía incorporar en ensayo. Podían ser narraciones, ensayos chiquitos, una especie de novela rota. Agarré la novela de Saer, la desarmé, la achiqué, la adelgacé, le incorporé el ensayo y encontré esas formas de capítulos breves que intercalan tiempos, que rompen un poco la linealidad y que pueden ser anécdotas, reflexiones, divagues. En el momento en el que encontré ese formato me senté, anoté quince o veinte recuerdos que tenía muy nítidos en la memoria y que me parecía que si habían sobrevivido a la purga del tiempo significaban que habían sido importantes en mi educación sentimental en la relación con mi padre y ahí fue escribir y corregir.

 

En El invierno con mi generación aparece más el formato de novela. Ahí contás la adolescencia de los ‘90 y, también, aparecen los personajes que en este caso son los amigos. ¿Cómo fue este inicio en la escritura más lineal y estructurada de la narrativa?

 

Mi libro enterrado tuvo muy buena repercusión entre escritores, lectores duros, el ambiente de la literatura. Después de ese libro surgió rápidamente el deseo y las ganas de escribir otra cosa y uno de los problemas era qué escribir después de ese primer libro con esas características especiales. Estaba un poco con ese conflicto. No me resultaba fácil. Una de las salidas que le encontré al laberinto fue escribir un libro que tuviera más una apariencia de novela, seguía siendo un libro autobiográfico, seguía siendo un libro que enhebraba narración, reflexiones y ensayo, pero le di una estructura mucho más lineal. Incorporé a mis amigos como personajes, entonces jugué a ver cómo era escribir algo más parecido a una novela sabiendo, en el fondo, que era un libro sobre ellos y casi un chiste interno para mis amigos. Esa decisión de hacer algo un poco más lineal y un poco más narrativo, en un sentido más clásico, fue el modo que encontré de reaccionar ante el primer libro. Ese era mucho más facturado, astillado, con una narración rota, este libro, en cambio, fue la manera que encontré de sacarme un poco de encima Mi libro enterrado, que es más denso y dramático y El invierno con mi generación tiene un tono más ligero, más leve, más de comedia, con una escritura incluso más desprolija diría, más adolescente, a su modo, respondiendo a lo que se está contando: una época de la adolescencia. Esas fueron las razones de cómo y por qué salió ese libro.

Un reino demasiado breve habla de amores del pasado, pero aparece la tercera persona aun cuando reconocés que el libro es autobiográfico. ¿Por qué decidiste este cambio en tu escritura?

Con el tercer libro, Un reino demasiado breve pasó algo similar a lo que te contaba recién, en el sentido de que fue también un modo de probar algo distinto: la tercera persona. Ya había escrito dos libros en primera, ya me estaba internando bastante profundo en el camino de la autobiografía, en el que siempre seguí finalmente y seguiré, pero tenía ganas de ver qué pasaba si ponía una tercera persona. Qué tipo de efecto formal estético y semántico se producía. Y también si bien yo había trabajado ya con elementos conflictivos como el alcoholismo de mi padre y cosas que me habían resultado muy difíciles de escribir, acá estaba trabajando sobre relaciones de pareja que me daba mucho pudor. Entonces, la tercera persona fue un modo de enmascarar un poquito la autobiografía y fue la forma que encontré de animarme a decir y pensar y relatar ciertas cosas. Tal vez, si ese libro lo hubiese escrito en primera persona no me animaba a decir algunas cosas que dije ahí, incluso de pensarlas. Así que un poco fue una decisión estética, también una cortada personal, fue también una máscara que encontré para animarme a hacer ese libro. Sin embargo, me siento mucho más cómodo escribiendo en primera, siento que me sale mucho más natural y que hay una voz mucho más honesta cuando escribo en primera persona. Fue interesante hacer la prueba.

Un futuro anterior cuenta una historia de amor que empieza clandestinamente y llena de culpa, pero que después se transforma en una familia. Un relato íntimo y conmovedor. ¿Cómo fue el proceso de escritura de un libro que cuenta parte de tu vida?

En algún sentido fue similar a los libros anteriores porque todos mis libros son, a su modo, autobiográficos y yo los pienso un poco como episodios o capítulos de una novela larga que sería la de una vida. Aunque este tuvo algunas particularidades. Era una historia que yo tenía guardada hacía mucho tiempo, que no me animaba a escribirla, que no sabía cómo hacerla o no sabía cuál era el momento ideal para hacerlo. Y es, también, un poco una reacción a mi libro anterior. Un reino demasiado breve está escrito en tercera persona, que si bien fue una experiencia que quise hacer me sentí un poco encorsetado con esa escritura. Un futuro anterior es una reacción brutal, un poco más salvaje, al libro anterior. Si el libro anterior estaba revestido de algo más literario por ser en tercera persona, acá fue una vuelta a la primera y una vuelta mucho más brutal, en el sentido de animarme a contar cosas que tal vez en el otro libro yo había enmascarado. La vuelta a la primera persona fue un gesto formal, literario y también temático porque es volver a la honestidad y a algo más genuino. Yo siento que la primera persona, en mi caso, es el código de honestidad, un pacto que establezco con el lector. Así fue que me lancé a escribirlo.

 

El libro es autobiográfico, habla del amor y la paternidad, pero también de algo más complejo para visibilizar: lo clandestino, la culpa, la traición. ¿Cómo se escribe la propia historia cuando involucra a otros que son reales y cotidianos en la vida?

El problema de escribir textos donde aparezcan personas que son reales y que han pasado o están en mi vida es un conflicto que vengo transitando desde mi primer libro, pero acá adoptó un carisma más complejo. Todo sobre mi padre lo escribí cuando él ya había muerto, así que, en ese sentido, era un poco más fácil, aunque encontré muchos problemas en el qué decir y qué no, cuánto exponer algunas cosas de él y cuánto no. Eso fue todo un aprendizaje. Además, al ser mi primer libro, fue muy ejemplificador todo lo que aprendí hasta en cuánto se puede llegar en la exposición de la vida de los otros. El invierno con mi generación, que es sobre mis amigos del colegio secundario, al ser más un homenaje con un tono más cómico, un libro sobre amistad, no encontré tanto ese problema porque yo sabía que todo lo que estaba diciendo de ellos era algo que también se los digo personalmente y es parte de nuestra amistad. Es una especie de chiste interno y de homenaje entre todos. Era más fácil. Un futuro anterior fue mi libro más difícil en este tema y ahí yo tengo una especie de vara o de pacto de honestidad: si yo voy a exponer la vida de los demás, tengo que exponer mi propia vida por lo menos a un mismo nivel y si es más incluso mejor. Sino sería muy fácil exponer las bajezas, las debilidades de los otros. Teniendo el poder de decir lo que quiero porque soy el dueño del texto, el que está escribiendo, podría hacerme quedar a mí como un capo o como un genio o como un piola. En cambio, lo que hice es mostrar toda mi culpa, mi dolor, mis ambigüedades, mi neurosis. Fue también exponerme a mí mismo y mostrar lo dolorosos y traumático y lo conflictivo que fue para mí ese proceso, sobre todo de la primera parte del libro. Ese es el método que encontré a la hora de escribir textos que involucran a los demás: nos exponemos todos.

 

En la historia también hay menciones sobre el oficio de escribir, algo que heredaste de tus padres Tamara Kamenszain y Héctor Libertella. Ellos han dejado un legado en la literatura argentina. ¿Resulta un peso, una inspiración? ¿Fuiste leído por tu madre?

 

Tener padres escritores es, por supuesto, todo un tema en mi vida. En mi vida personal y en mi vida como autor. Al principio, cuando empecé a escribir literatura sentía que la presencia conceptual de mis padres escritores era un peso muy complicado, algo que me oprimía. Pensaba cómo iba a hacer yo para escribir cuando ellos ya habían capitalizado el uso de la pablara. Como que la literatura les pertenecía a ellos. Yo me sentía una especie de usurpador, que estaba tomando una casa al ponerme a escribir. Mi modo de resolver ese conflicto, además de muchos años de psicoanálisis, fue tematizar todas esas cuestiones en mi primer libro, que es el libro sobre la muerte de mi padre y que es también sobre cómo escribir un primer libro, o como yo lo hice y entré a la literatura. Entonces, el modo que encontré de resolver todas esas trabas que tenía respecto de mi familia fue decir en el propio libro todo esto: cómo voy a escribir yo teniendo padres escritores, el miedo a la comparación. Cuando ese libro salió, de algún modo ya estaba purgado respecto de esos fantasmas. Con el tiempo me fui dando cuenta de que yo al principio consideraba que la literatura era mi padre. Tal vez por la portación del apellido o por algún reflejo patriarcal inconsciente por el cual le adjudicaba a mi padre el lugar de dueño de la literatura en la familia. Mi madre era alguien más bien que escribía cosas chiquitas, poemas, textitos breves, sueltos, que los escribía en los intersticios de la vida cotidiana, en los espacios que le dejaba la vida doméstica. Con el tiempo me fui dando cuenta de que lo que yo hago no tienen tanto que ver con lo que hacía mi padre, sino con lo que escribía mi madre. Textos autobiográficos, de temas familiares, íntimos, de un género tal vez un poco más híbrido. Cuando me di cuenta de eso, ya estaba reconciliado con la idea de tener padres escritores así que fue muy lindo. Pude tener muchas conversaciones con ella respecto de escribir y de lecturas que nos influenciaron mutuamente en los últimos años. Así que lo que al principio era un peso, después paso a ser una especie de bendición. Si yo al principio no sabía cómo se podía hacer para escribir teniendo padres escritores, ahora no entiendo cómo hace la gente para escribir sin tener padres escritores.

 

Sos editor de la Vinilo, una editorial dirigida por Joana D’Alessio que se caracteriza por publicar libros breves de no ficción. ¿Cuál crees que es tu aporte como editor y qué desafíos lleva este género y la peculiaridad del relato corto?

Mi rol como editor es múltiple en el sentido de que hay al menos dos instancias: una es la selección de textos que la hacemos en conjunto con Joana. Ahí entran en juego muchos elementos: el gusto personal, seguramente, pero también la conformación de un catálogo que es algo siempre abierto y que nunca está del todo definido. Puede ir cambiando, pero se van percibiendo rápidamente cuales son las líneas centrales, el corazón que hay que respetar. Después están las discusiones que podamos llegar a tener con Joana, que la verdad nos llevamos muy bien pero podemos tener algunas visiones encontradas, sobre todo porque ella tiene que estar atenta a la parte comercial ya que se dedica a esa zona de la editorial. Ella tata de buscar que los textos sea lo más universales posibles, que le puedan interesar a todo tipo de público. Yo busco, a veces, más como un cierto autor de prestigio. En esa conversación vamos encontrando un punto intermedio muy equilibrado y muy interesante que va armando la identidad de la editorial. Después, hay una segunda instancia como editor: es lo que se llama “editor de mesa” que es el trabajo mismo con los textos. Una vez que un texto ya ha sido seleccionado, ya sabemos que vamos a seguir adelante con eso, algunos textos están impecables y es solo armarles la tapa y contratapa y marcar algún detalle, pero otros textos requieren un cierto laburo de edición, de propuestas al autor. Ahí se me juegan muchas cuestiones porque yo estoy en los dos lados y como escritor he tenido muchas veces conversaciones con editores que me han propuesto cosas, alteraciones o modificaciones, a textos míos y a veces no es fácil escuchar eso. Uno siente que el editor no entendió lo que quisiste escribir o que te quiere sacar cosas que a vos te gustan y ahí se juega mucho del orgullo, del ego. Es, también, todo un aprendizaje; aprender a aceptar las sugerencias de un editor y confiar mucho en el criterio del otro. En ese sentido, estar de pronto del otro lado es, también, un gran aprendizaje para mí porque me pregunto muchas veces hasta dónde tienen que llegar mis observaciones, cuánto es parte del estilo del autor y cuánto es un problema objetivo del texto que con una sugerencia se puede corregir y mejorar mucho. Es una escuela en la que nos vamos formando a medida que lo vamos haciendo y, a veces, ese es el mejor modo de aprender, sobre la marcha. Respecto al género de no ficción es algo que está bastante en auge los últimos años, incluso hubo premios Novel a autores de no ficción, cosa que nunca había ocurrido. La no ficción es algo bastante amplio, sobre todo lo que hacemos en Vinilo, la llamada “no ficción creativa”, que roza mucho con la autobiografía y que coquetea con la ficción. Es un género muy abierto, casi tan abierto como la novela. Levrero decía que hoy en día una novela es cualquier cosa que se ponga entre una tapa y una contratapa. No te digo que se puede decir lo mismo de la no ficción, pero más o menos. Como que supuestamente la única regla es que los hechos hayan ocurrido, pero no podemos chequearlo as que es un género muy abierto, muy libre que permite muchas formas de la hibridación. Eso es lo que a mí más me gusta. Me gusta en los libros de género indefinido, que cruzan formas. El híbrido me parece lo mejor que se está escribiendo en el siglo XXI y en Vinilo hay una búsqueda de libros con esas características.

 

Créditos foto de portada: Alejandra López